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El otro día fui a un concierto homenaje de la banda Queen.
La verdad es que no me gustó especialmente por diversos motivos. Aún así, pasé un gran rato bailando y disfrutando con mis amigos. En este concierto se veía que eran claramente unos actores interpretando las canciones de una banda mítica.
Eran buenos replantes pero carecían de la magia de la autenticidad. Era un teatro. De hecho, estábamos en un teatro.
Cuando quedaban 20 minutos para la finalización del concierto hicieron lo que suelen hacer muchos artistas. Me refiero a retirarse antes de tiempo y esperar a que el público les pidiera volver para tocar las últimas canciones. Lo hicieron como si fueran Elvis o los verdaderos Freddy Mercury y Brian May.
En general siempre esta costumbre me resulta incomprensible, incluso molesta. El bis, como su nombre indica, tuvo su origen en una canción que se repetía cuando en un concierto la conexión entre el público y los artistas era tal que decidían salirse del guión y ampliar de forma espontánea la programación de la actividad, regalando al público una pieza extra.

De la autenticidad a la programación

El crecimiento de la industria de la música sobre todo en macro conciertos y festivales ha obligado a los artistas a ser muy rigurosos con su programación. Es muy difícil salirse del guión porque entonces no funcionaría el evento entero. Uno siempre sabe cuándo un grupo empieza y otro acaba porque tras la actuación de unos, acto seguido empieza la siguiente.
Supongo que por este y otros motivos que desconozco por no ser especialista en este sector, poco a poco esos bis ya no son un regalo sino una estrategia de la propia programación del concierto. Y en lugar de hacer un concierto completo, se hace la pantomima de: “yo dejo de tocar, tú me tienes que aplaudir y, bueno, da igual si me aplaudes mucho o poco porque al final tengo que salir para acabar mi repertorio”.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando en esta obra de teatro que era aquel concierto de “Queen”, los músicos que interpretaban a las estrellas del rock hicieron también esta pantomima. Exigieron al público que les aplaudiera para seguir tocando.
Para mí fue como si estuviera en una obra de teatro, por ejemplo Macbeth, y antes de llegar al momento culmen, el actor se retira a mitad de escena y espera a que el público le aplauda lo suficiente para terminar la obra.

¿Estamos dejando de ser auténticos?

Con esa idea la cabeza, al día siguiente estaba leyendo las noticias. En mi rutina diaria me gusta consultar diversos periódicos, publicaciones etc. Y me encuentro con más de una titular que reza que “Fulanito pide disculpas después de haber dicho no sé qué” o “Menganito lamenta haber dicho tal cosa que ha molestado no sé quién y también pide perdón”.
Pensé que ese tipo de titulares empiezan a resultar demasiado habituales – en este caso Prada había retirado un llavero en forma de mono porque había sido acusado de racista. Como igual de habituales son también las críticas con etiquetas de sexistas o antianimalistas u otras censuras porque, en el fondo, siempre vamos a molestar a alguien.

Me hace pensar en un monólogo muy divertido pero no por ello menos preocupante que se cuestionaba si al final la corrección política va acabar con el sentido del humor.

Hay cosas que se pueden sacar siempre de contexto. Y me pregunto si un día llegaremos a una costumbre tan rutinaria de decir lo que pensamos para luego retirarlo que las disculpas se vuelvan tan habituales, programadas y poco auténticas como los bises.

Quiero saber tu opinión… Aunque no me guste

¿Cómo distinguir la petición de disculpas cuando realmente sentimos algo de la protección protocolaria a la crítica indiscriminada?

La diferencia es muy importante. Porque si tanto hablamos de la diversidad, tenemos que aceptar la diversidad de opinión. Teniendo siempre en cuenta que hay una cosa que es tener una opinión diferente y hay otra que es un comentario cargado de odio.Cuando salí de aquel concierto de Queen lo más curioso de todo fue que al final los actores quisieron ganar ese protagonismo pidiéndonos que los siguiésemos en Twitter, Facebook y YouTube. Como si el actor de Macbeth se quitara la peluca al final de la representación y diciendo: “hola, me llamo Fulanito, sígueme en mi cuenta de Instagram”.

Pensé que estábamos volviéndonos locos, porque si yo voy a ver una obra de teatro, quiero de verdad una obra de teatro. Y, si voy a ver algo auténtico, también lo quiero de verdad. Si quiero ver a un imitador, no quiero que se quite la peluca porque quiero que interprete su papel hasta el final. Y si lo que quiero es ver una persona por sus ideas, aunque no me gusten, quiero su autenticidad.

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