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¿Te ha pasado alguna vez pasar tan mal rato en una situación que sólo con acordarte sientes toda la angustia de nuevo? A mí me sucede especialmente cuando una clase o conferencia no me sale como deseo.

Soy docente de vocación y casi diría de pasión. De pequeña jugaba a ser maestra. Me gustaba aprender y compartir lo que aprendía con quién estuviera más a mano (mi madre, mi padre, mis hermanos o los muñecos de mi cuarto si no había nadie). Cuando replicas lo que aprendes saboreas y alargas la maravillosa sensación del descubrimiento. Y aunque iba para abogado… una escuela de negocios (IE Business School) se cruzó en mi camino y me introdujo en el apasionante mundo de la educación, sector al que llevo vinculada más de veinte años. 

Me lo paso super bien dando clase. Siempre estoy buscando nuevos ángulos para impartir mi tema e historias inspiradoras. Invierto tiempo en conocer a mis alumnos, les propongo ejercicios, los corrijo antes y durante la clase. Si son conferencias, busco tips que enganchen a la audiencia, que les divierta además de enseñarles. Si pruebo algún nuevo recurso o historia, la ensayo ante el espejo. Me gusta innovar pero no arriesgo, siempre combino partes de la conferencia ya testadas con novedades. Todo para asegurarme de que todo sale siempre bien pero…

No siempre me salen tan bien como las horas que he invertido en prepararme. Porque como persona humana que soy, a veces me equivoco y no siempre estoy con la misma capacidad física y mental. Y aunque mi parte analítica y racional sabe que existe esa posibilidad de errar, cuando ocurre mi parte emocional se lo toma fatal. Y si encima me han grabado, y hay un testimonio gráfico de ese momento en el que yo creo que no he estado a la altura de lo que podría dar, entonces me siento incapaz de afrontar su visionado. Me da verguenza y me recuerda ese mal rato. No es como cuando ves un video para identificar áreas de mejora, es ver un vídeo en el que sabes perfectamente dónde has fallado y que no puedes echar marcha atrás. 

Eso me pasó en esta presentación, nada menos que en el cierre del Congreso de la APD en Girona.

La naturalidad se aprende a base de práctica

 Aquel día yo llevaba una idea nueva en la cabeza y por alguna razón estaba más nerviosa de lo habitual. Los minutos previos a mi intervención no ayudaron, problemas técnicos con la presentación y alguna que otra cuestión hicieron que mis nervios aumentasen. 

En mi estado de agitación, una persona me lanzó una puntilla que terminó por desmontarme del todo. Quizás ni se enteró de que lo había hecho. Probablemente no.

Cuando llegó mi momento, sentí como si en lugar de dominar el escenario, hubiera dado un traspiés entrando en escena. Mi voz temblaba y yo sentía que resonaba más aguda de lo habitual. Las ideas no fluían como otras veces, las historias no encajaban como las perfectas piezas del puzzle que me gusta ir moldeando en la mente de la audiencia. Me auto-califiqué con una nota de 6 sobre 10. Estaba muy desanimada.

Comentándolo con Xavier Gangonells de la AED analizamos los puntos de mejora y me dio muchos ánimos. También me ayudó Helena Torras que compartía escenario conmigo. Y otros que han visto el video con posterioridad me han dado un feedback muy positivo.

¿Y por qué os cuento esto? 

Por su relación directa con el objetivo de mi ponencia.  Yo tenía que hablar del talento como factor imprescindible de la Cuarta Revolución Industrial. 

Es una gran verdad que las personas somos imperfectas y nos dicen muy a menudo que tenemos las de perder cuando competimos con máquinas, capaces de ejecutar sin errores. Porque las personas necesitamos muchas horas para aprender lo que ellas tardan segundos. E incluso, a pesar de llevar años invirtiendo horas en la práctica y ejecución para ser consideradas expertas en un campo, todavía nos equivocamos.

Además de imperfectas, las personas también somos problemáticas. Generamos conflictos y disputas. Requerimos incontables horas de managers y asesores que nos ayudan a ser mejores y a superar nuestras diferencias. E incluso, a pesar de llevar años invirtiendo horas en mejorar la coordinación con otros y el trabajo en equipo, todavía fallamos. 

Lo perfecto contiene imperfección. 

El que definió la imperfección como aquello libre de errores no lo hizo pensando en los humanos. Los humanos perfectos son aquellos que no levantan pasiones, pues no son vulvenables ni necesitan a los demás. Tampoco aprenden, no tendrían por qué.

Las personas más perfectas son precisamente las que buscan mejorar a través del aprendizaje constante y la colaboración con los demás. Por eso yo digo: Bendita imperfección y benditos problemas. Porque superar las limitaciones y colaborar entre nosotros para superar las adversidades es lo que nos hace humanos y los que nos aporta la felicidad. 

Yo no soy una máquina. Ni quiero serlo. Quiero que me tiemble la voz si me siento insegura y recibir el apoyo de amigos y aliados para hacerlo mejor en la siguiente ocasión. No es la perfección la que nos hace mejores, lo que nos hace mejores es buscar un grado más de mejora en cada ocasión. No es la perfección la que nos hace felices, sino recibir el apoyo de quienes nos aman en momentos de vulnerabilidad. El crecimiento se produce cuando aprendes de cada cosa que te pasa, ves su lado bueno y encuentras aliados para perseverar. 

Al terminar el evento, todavía con dolor en la boca del estómago y sentimiento de culpa, volví a Barcelona en tren. Mientras estaba en la estación esperando la llegada de mi tren se me acercó una joven estudiante que había escuchado mi intervención. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me dió las gracias y me dijo que mis palabras le habían dado una visión más optimista del talento y el mercado de empleo y que gracias a ello pensaba dejar de agobiarse tanto y tratar de ir paso a paso. Su reflexión encendió en mí la misma luz que yo había tratado de transmitirle. Mi tantas veces repetido lema: “Siempre pasan cosas, la cuestión es cómo te las tomas”. 

Estoy segura de que esa chica no era consciente de lo mucho que sus palabras significaron para mí y sobre todo de lo que ELLA HIZO POR MÍ. Porque la mejor ayuda llega cuando te sientes vulnerable, cuando has sido imperfecta. Es cuando el amor y la compasión mejor llegan.Y me demostró nuevamente el valor de las personas y el por qué necesitamos el talento humano. Porque de la ayuda mutua y la búsqueda del progreso nace el bienestar. Así que el talento de la Cuarta Revolución Industrial no es el más preparado, ni el que menos errores comete. Eso se llama software.

Es el que más crece del aprendizaje y del error. Bendita imperfección y benditos problemas.

Os dejo con el video de mi intervención, ya me diréis si me notáis que me tiembla la voz :-)

 

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