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Los humanos somos muy competitivos. Ganar al otro es algo que está en el ADN de muchos. Dándole vueltas al carácter competitivo del ser humano comenté la idea a un amigo y acabamos hablando de la competitividad profesional: 

Yo le pregunté: “¿Alguna vez te habías planteado que si te pones a nadar junto a un delfín que está en el mar tranquilamente, tú serás el único de los dos que tendrá la necesidad de ganar al otro?” 

Él me contestó: “La verdad es que no, hasta ahora no había coincidido con un delfín”

El significado de competitividad profesional ha cambiado mucho a través de los siglos. La competitividad hoy en día está orientada al crecimiento económico y a alcanzar un bienestar como símbolo de progreso. Se basa en la meritocracia (la inteligencia y el esfuerzo), y muchos asumen que los que vencen merecen tales premios.

Tan interiorizado tenemos el juego competitivo que creemos que ganaremos si estamos preparados y que debemos aprovechar cualquier oportunidad que pueda ofrecernos la suerte que estamos agotados.

Así lo explica la obra de Byung-Chul Han La sociedad del cansancio.  La tendencia extrema al trabajo, sumado con nuestro carácter competitivo, nos ha llevado al absurdo de competir contra nosotros mismos en una búsqueda constante de nuestro mejor «yo» como forma de ganar el juego. No hay quién descanse. Siempre hay una parte del «yo» que aprovechará que la otra está despistada para activarse y hacer, hacer, hacer. Todo para ganar ventaja.

Hasta la lectura de la obra de Han, una tarde de domingo en el sillón provocaba en mi ser una punzada de culpabilidad. El pensamiento de que podría “aprovechar” el tiempo mejor se colaba en mi cabeza y me impedía disfrutar del ejercicio de no hacer nada. La llamada a «ser productivos» todavía nos marca en nuestra rutina diaria, incluso cuando estamos en medio del fin de semana o de nuestras vacaciones. Por suerte, ahora que puedo identificarlo, también soy capaz de frenarlo. 

Si competir es jugar para ganar, juguemos 

La única manera de batir el absurdo de la competitividad sin descanso es usar el mismo absurdo, sus mismas armas. Verlo como un juego.

Cada vez que esto ocurre provoco a mis dos mitades para que compitan por descubrir quién es capaz de ser más vaga. El beneficio ha sido el descanso y la capacidad de reflexionar. Espera, ahora me doy cuenta de que la reflexión es otra acción para mejorar. Ay, ya he vuelto a empezar… 

Todavía me sorprende que este libro me ayudara a seguir siendo positiva y verlo todo como un juego. Pero lo hizo. Me ayudó a comprender que los seres humanos somos capaces de usar la competitividad para cosas increíbles y que esta no siempre es mala. Podemos usarlo –y de hecho en el pasado lo hemos hecho – para crear un futuro mejor. Siendo el juego la mejor manera de hacerlo y el absurdo la mejor aliada, tal y como decía en este post anterior: «La vida es juego».

Una empresa es un grupo de personas que juegan un juego con reglas acordadas por todos. El premio son reconocimientos, subidas salariales y ascensos. Hay juegos grandes y juegos pequeños. Juegos separados que se cruzan constantemente y juegos aislados. Se pueden distinguir los juegos por la ropa de quienes juegan: financieros con corbata, startuperos, techies y geeks con gorros a rayas y gafa-pasta. Los creativos con colores, los abogados y jueces con toga, los policías con uniforme. Los médicos con bata y los deportistas con mallas. El género se ha usado siempre para crear dos juegos separados: el masculino del poder, la política, la guerra, los negocios y la empresa y el femenino del hogar y los hijos.

La cultura digital ha modificado muchos juegos. En el contexto del empleo y el talento, su influencia ha sido enorme: ha cambiado los objetivos de los juegos, creando nuevos, reformado tableros de sectores enteros, cambiado reglas dentro y fuera de las organizaciones. También ha exigido a los jugadores aprender nuevas habilidades para mantenerse en ellos.

La mejor noticia es que las reglas deben ser acordadas por todos. Sí, sí, por todos. ¡¡¡INCLUIDO TÚ!!!!

Y aquí es donde viene la buena noticia. Si es un juego inventado, y tú puedes participar en la generación de dinámicas internas, ¿qué tal si participas para mejorarlo? ¿Qué tal si haces una lista de lo que podría mejorarse paso a paso? No se trata de cambiarlo todo o nada, así nunca se modifican los juegos. Sino de introducir mejoras, poco a poco, asentarlas y cuando ya todos los consideren como parte del todo, se podrá introducir una nueva.

Crea tus propias reglas

  • Reflexiona y prioriza tus valores y forma de trabajar. Cada uno sabe en qué es bueno o qué cosas le preocupan más. Si por ejemplo quieres ser muy bueno en algo, significa que eres ambicioso, y puedes aprovechar este rasgo tan característico tuyo y sacarle el máximo partido desde la parte positiva.
  • No te auto-exijas demasiado. Todos queremos ser los mejores, pero lo más importante para ser un buen profesional a veces no es ser el mejor o competir por ganar un puesto. Analiza tus puntos débiles y deja que formen parte de ti porque también te hacen ser quién eres. Y la diferencia siempre es valioso. No puedes llegar a todo ni ser bueno en todo, y eso está bien.
  • Busca el reconocimiento sin desesperar. Pregunta a aquellos que te conocen para que te cuenten qué es lo que más aprecian de ti y pídeles recomendaciones en caso de necesitarlo para llegar a otras posiciones u empresas. Eso sí, tiene que surgir de forma natural, nada de forzar vínculos o halagos.

En resumen, en lugar de competir contigo mismo, o con el delfín de al lado, compite contra el propio juego para retarlo. Mejóralo tomándotelo como un juego que puede ser cambiado. Y como siempre, recuerda tomarte un break de vez en cuando.

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